Aristóles decía que «lo que más le gusta al ser humano es charlar con los amigos». Pues bien, precisamente en una agradable conversación de buenos amigos a la luz de la luna en una de esas veladas de finales de verano que se celebran alrededor de una mesa con un buen gin tonic, en las que preside la generosidad de la amistad y en las que la hora y la compañía te invitan a desnudar la sinceridad de la confianza, uno de ellos, catedrático para más señas, le decía a otro, padre agustino- por cierto, ejemplo de sacrificio, cultura y virtud-, que el catolicismo podría estar influyendo en nuestro comportamiento ante la crisis económica. En el fondo, parte de la discusión discurría sobre el hecho de que para el protestantismo el trabajo bien hecho era una valor en sí mismo, mientras que en el catolicismo, si no hacemos algo bien,Dios nos persona. Esto hacer que a la hora de realizar un trabajo nos comprometamos de manera distinta y obtengamos resultados bien diferentes; mientras que unos ejercieran la profesión haciendo bien el trabajo como satisfacción personal, otros los harían más por cumplir y por la satisfacción de los otros que por sí mismo.

En la tertulia me acordé de Max Weber, padre de la sociología que estudió la relación que existe entre religión, productividad y desarrollo económico, y puse como ejemplo parte de su tesis. La obra que escribiera en 1905, la ética protestante y el espíritu del capitalismo, ha sido uno de los mejores libros de filosofía y economía. En esta obra se define el espíritu del capitalismo como aquellos hábitos e ideas que favorecen el comportamiento racional para alcanzar el éxito económico. Max demostró que el llamado Homo Economicus no era solo una máquina racional y analítica; sino que el individuo está influenciado por los valores y las emociones y que sus pensamientos y comportamientos están arraigados en su pasado espiritual y religiosos. Weber sostenía que la ética calvinista, que fomenta la dedicación del individuo a una ocupación que se ejerce, genera una productividad ,más grande en los países protestantes. Por el contrario, los principios del catolicismo conducen a las personas a la creencia de que la ocupación actual es solo un paso hacia una mejor y más digna posición; por tanto, en este caso, el trabajo no se percibe como algo significativos y colapsa la productividad.

Para el protestantismo, la búsqueda del dinero es casi el valor supremo de la vida; en la que el ejercicio constante de una profesión o el trabajo es la manera más adecuada y privilegiada para adquirir el dinero. Mientras tanto, para los valores del catolicismo, el dinero es considerado como un signo de codicia, y no como una gracia de Dios. Estos valores del catolicismo no invitan a tomar riesgos ni al desarrollo de la economía.

Esta tesis- en la que por supuesto cabrían muchas matizaciones en las que, por razones de espacio, no podemos entrar- explicaría en parte por qué la crisis se ensaña más con los países católicos y del sur de Europa que con los del norte, de tradición protestante; si no, fíjese en los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España), los cinco países manirrotos son católicos romanos, salvo Grecia, que es ortodoxa, una religión que al fin y al cabo es prima hermana del catolicismo.

Para el protestantismo la búsqueda del dinero es casi el valor supremo de la vida. Para el catolicismo, el dinero es un signo de codicia, y no una gracia de Dios

Tal vez no haya un mejor pórtico de expresión que la edición especial de esta gran revista que es Executive Excellence, para sugerir que quizá no sea preciso cambiar de religión, pero sí que cada uno de nosotros, profesionales, trabajadores o empleadores, seamos menos laxos con nuestras obligaciones individuales, nos responsabilicemos de hacer bien nuestro trabajo y de ser honrados- llamada principalmente a los políticos- como forma de cumplir con nuestra responsabilidad; porque, de esta forma, contribuiremos a que la crisis dure menos y sea menos grave.

Jose Manuel Casado

Presidente de 2C Consulting