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¿Dónde están los estúpidos?

By 11 enero, 2019 No Comments
2.C Consulting consultoría estratégica

A lo largo de mi vida siempre he insistido a mis colaboradores que sean críticos conmigo y con la empresa; pero críticos constructivos, es decir, que me digan qué ven mal y cómo podemos hacerlo mejor. El valor de la crítica constructiva se fundamenta en el propósito de lograr un cambio favorable que beneficie a todas y cada una de las personas involucradas en la compañía. No me vale eso de que

«esto o eso está mal, no propongo ninguna solución y además yo no puedo hacer nada, porque la culpa es siempre de otros».

Esas son posturas infantiles reprobables en contextos de adultos que no conducen más que al malestar y la incomodidad. Reconozco que no puedo aceptar esas críticas negativas que se basan en el pasado, que buscan culpabilizar a los demás y que utilizan generalizaciones en las que son siempre los demás -en demasiadas ocasiones los jefes- quienes hacen las cosas mal.

Quizás por esa filosofía vital de la crítica como elemento para el cambio y el progreso, mis escritos en los medios buscan señalar lo que está mal, pero intentando siempre insinuar las estrategias que debemos poner en marcha para hacerlo mejor. Además, mis críticas suelen dirigirse especialmente a las empresas y sus gestores, en algunas ocasiones al trabajador -las menos- y casi nunca a los gestores públicos que, debajo del disfraz de político (una especie de aurea de inmunidad, incluso penal), dicen gestionar los asuntos públicos que -como dijera una ministra del gobierno anterior en relación a los fondos públicos- parecen no ser de nadie.

En esta ocasión, mi tribuna hace una excepción y la crítica se dirige principalmente a esos representantes públicos que, enarbolando la bandera de la legitimidad de los votos que les otorgamos los cuidadanos, son capaces de cometer todo tipo de tropelías con total impunidad.

Evidentemente, ni son todos los que están, ni están todos los que son; pero estoy persuadido de que en nuestro país lo que faltan son ideas y lo que sobran son idioteces, porque entre las filas de nuestros dirigentes públicos parece que se concentra un alto porcentaje de representantes de la estupidez humana.

Quizás por ello, cuando reflexionaba para esa tribuna, me acordé de Carlos Cipolla (con este apellido seguro que no se olvida de este libro que le sugiero) y de la obra que lleva por título «Allegro ma non Troppo». Este breve, fresco y provocador texto tiene dos partes; le recomiendo, querido lector, porque verá reflejado perfectamente parte de la tesis que sostenemos en esta tribuna, la segunda parte del libro que nuestro referido Sr. Cipolla tituló como «Las Leyes de la Estupidez Humana».

Existen muchas y diversas categorizaciones sobre los tipos de personas, pero utilizaremos por acertada la que en este libro se expone. Se sostiene que las personas se clasifican en inteligentes, incautos, malvados y estúpidos. Los primeros son ese tipo de individuos que con sus acciones generan un bien para sí mismos y para los demás; los incautos, por su parte, son aquellos cuyos comportamientos puede que originen una ganancia para los demás, pero siempre una pérdida para ellos mismos. Los malvados -que son de los más frecuentes en la parte pública (parece que para ser político debes saberte de memoria El Príncipe, de Maquiavelo) y abundan especialmente en aquellas otras organizaciones cuyos sistemas de performance se basan demasiado en la individualidad -son aquellos que siempre buscan una ganancia para ellos sin importarles que hagan un mal al resto; es más, su ganancia suele estar vinculada a la pérdida de otro o de otros. Finalmente, estarían los estúpidos, que serían esos individuos que causan un mal a los demás sin que ello suponga sacar tampoco ningún provecho para ellos mismos; incluso, lo que es peor, perjudicándose también a sí mismos.

Al parecer en cualquier sociedad, grupo, estrato, profesión o comunidad social el porcentaje de estos individuos es proporcional y se divide en cuatro fracciones más o menos proporcionales; pero, además, este porcentaje es también prácticamente igual por profesiones (médicos, arquitectos, y/o albañiles) y, desde luego, por categorías (empleados, mandos intermedios y directivos). Pues bien, yo creo que nuestro ilustre autor italiano se equivocó en el tema de los porcentajes y su distribución, porque se olvidó introducir el ámbito geográfico y subrayar que su teoría es cierta en todos los territorios excepto en los países del sur de Europa, como Grecia, Italia, Portugal o España, en los que, siendo más o menos pigs, en la clase política se concentra la mayor cantidad de estúpidos y malvados.

Gracias a este tipo de individuos España se ha convertido en un país de chirigota, en el que todo vale y todo está al revés; un país en el que los pájaros disparan a las escopetas y los ladrones persiguen a los policías; un país en el que algunos pretenden ser parte de Europa sin ser de España, en el que se obliga a la gente a hablar catalán, vasco, gallego o castúo, pero ninguno de nuestros presidentes de gobierno es capaz de hablar ni relacionarse en inglés (vamos, quizá ninguno de ellos habría pasado el proceso de recruiting de ninguna multinacional, ni habría sido, siquiera, un ejecutivo medio de ninguna de estas grandes compañías). Pero además, en nuestra invertebrada y resquebrajada nación los tres poderes de Montesquieu (ejecutivo, legislativo y el judicial) se entremezclan y confunden hasta volver loco a unos ciudadanos indignados que, sin entender nada de nada, están hartos de asistir impávidos al enriquecimiento de muchos cargos públicos y no parecen encontrar descalificativos suficientes para muchos de sus representantes políticos, para el ex presidente de la patronal de los empresarios, el yerno del rey, etc. Al final, la corrupción política inunda una España enferma cuya etiología es la estupidez humana de gran parte de sus representantes.

«La corrupción política inunda una España enferma cuya etiología es la estupidez humana de gran parte de sus representantes»

En esta enfermedad de estupidez y corrupción se macera con un modelo de Estado inviable porque gastamos el doble de lo que ingresamos y es fuente del mayor de los nepotismos, impuesto por unos partidos políticos mayoritarios -en los que los malvados y estúpidos suelen entrar jovencitos de militantes y «chupan de la teta de la vaca» toda la vida -en connivencia con las oligarquías financiera y económica, con el poder judicial, los organismos de control a su servicio…

No me explico que, mientras en otros países se unen para ganar el tren de la globalización y crear empleo, nosotros nos peguemos los unos con los otros y tengamos casi seis millones de parados, nos aferremos a seguir manteniendo el statu quo por merced de unos pocos representantes, en muchos casos incluso sindicales -que se hacen llamar líderes- y que, estando liberados (es decir, no trabajan ni van al trabajo por el que se metieron al sindicalismo), se dedican a mantener los privilegios de unos pocos trabajadores -los que tienen empleo- después de asistir a la reunión de consejo de alguna entidad quizá financiera, casi siempre quebrada o a punto hacerlo, mientras comen un buen percebe de la Ría Arosa, a la par que lucen en sus frágiles muñecas -poco acostumbradas ya al trabajo- un preciso Rolex que lo único que no les marca es su grado de estupidez humana; porque están haciendo mal a su país, pero tan bien a ellos mismos, porque no olvide que el marisco sube el colesterol y el ácido úrico. Ya nos lo advirtió Albert Einstein:

«Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo»