¿Recuerdan qué establecía el famoso Principio de Peter?

Era algo así como que todo el mundo alcanza su nivel de incompetencia; es decir, toda persona dentro de una organización progresa hasta alcanzar niveles de responsabilidad para los que no está preparado; y el mundo está plagado de casos y no me haga que le ponga ejemplos que me quedo sin espacio.

Uno de los libros que más me han gustado y que ha tenido un gran éxito en Norteamérica ha sido “Cómo trabajar para un idiota: sobrevivir sin matar a su jefe” de John Hoover, y la tesis que sostiene el autor es más o menos la misma que la del Principio de Peter.

Hoover, después de más de dos décadas estudiando directivos, asegura que los “los jefes idiotas son promovidos cada vez más alto en la escalera corporativa y, en el camino, diseminan y disimulan su idiotismo”. Y los subordinados -vaya mala palabrita- de los jefes idiotas caen en la misma trampa: «muchas veces ellos mismos son demasiado idiotas como para aprovechar la estupidez de su jefe en su beneficio”.

La vieja Guerra por el Talento -que ahora parece comenzar a ponerse de moda otra vez- y las salidas profesionales de las organizaciones lo han demostrado plausiblemente: las personas no dejan a las empresas, abandonan a sus jefes. Más que cualquier otro aspecto de la organización, los comportamientos de los jefes son lo que más influye sobre la percepción de la gente.

Los expertos y el propio Hoover sostienen que no todos los jefes malos son idiotas. Los hay maquiavélicos, sádicos, paranoicos, neuróticos y casi psicóticos.

Pero también los hay compinches que se quieren hacer amigos de sus colaboradores a los que, en la mayoría de los casos, les suelen tratar y hacer sentir como a subordinados, que es poco menos que considerar a alguien como subpersona. Recuerde que el prefijo -sub ya indica inferioridad, deficiencia, incluso, si me apuran, tara; quizá por ello muchos jefes tratan a sus colaboradores como si fueran cortos o, lo que es lo mismo, subnormales.

Quizá por este tipo de patologías organizativas, podríamos decir que no nos afecten los resultados de muchos estudios sobre comportamiento directivo.

Recuerdo una de estas investigaciones en que se analizaron cuáles eran los comportamientos más frecuentes de los jefes y los colaborares, en un 50 por ciento de los casos, respondieron que la falta de respeto por parte del jefe. El segundo y tercer comportamiento más frecuente y repetido era el de prepotencia y falta de escucha; son estos comportamientos, los que un socio compañero mío, denomina “Perjudidañinos”.

No me diga que no hace falta ser idiota para tener gente que trabaja para uno y de la que depende nuestro resultado y que no se le respete, ni se le escuche, etc., siendo también frecuente en este tipo de jefes que se jacten del poder –en estos casos el colaborador, suele verlo como prepotencia- que confiere el puesto para imponer su voluntad.

Antonio, un buen amigo mío, que por cierto, es un afamado psiquiatra, me decía hace un tiempo: en torno al 10 por ciento de los ejecutivos de las empresas toman algún tipo de medicación tipo ansiolíticos, antidepresivos, etc.

Algunas investigaciones revelan una realidad que puede inquietar: la salud mental de muchos directivos no es muy buena. En este sentido, como nos relata nuestro admirado Daniel Gómez Visedo -no deje de leer su excelente libro «Buscando Señales de Vida Inteligente en el Comité de Dirección«, muy buena publicación sobre el comportamiento humano en la empresa-.

Por su parte, el periodista inglés Jon Ronson ha investigado la salud mental de los máximos directivos y asegura que el cuatro por ciento de los líderes son psicópatas (al parecer, según Ronson, éstos no tienen remordimientos, mienten compulsivamente, son irresponsables y no sienten vergüenza ni tienen empatía) lo que supone multiplicar por cuatro el número sobre la población general. Es más, este periodista, sostiene que el sistema capitalista premia este tipo de comportamientos disfuncionales… ¿a ver si va a tener razón?

Por otra parte, el psicólogo, escritor e investigador del departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford, Kevin Button, dirige un grupo de investigación sobre “El papel de los rasgos de personalidad y habilidades de Regulación Emocional en Diversos Ámbitos Ocupacional”. Su investigación se centra en el papel de varios rasgos de personalidad y habilidades de regulación emocional en diferentes ocupaciones como la política, la banca de inversión, la cirugía y los militares, y sobre si se pueden tomar medidas para mejorar estas características, mejorando el desempeño del trabajo y la toma de decisiones en estas ocupaciones.

En 2011 su estudio denominado Great British Psychopath Survey concluyó que las profesiones en las que triunfan los psicópatas eran, primero los CEOs, luego los abogados, después los profesionales de la radio y televisión, en cuarta posición aparecían los vendedores y en quinta posición del ranking estarían los cirujanos.

En fin, un jefe sádico o paranoico es muy difícil que cambie; pero que no pierda la esperanza si trabaja para un jefe idiota, porque en este caso puede cambiar. De todas formas no sea demasiado confiado, mientras su jefe cambia o no, haga que su jefe se sienta cómodo, demuéstrele que comparte sus objetivos, y recuerde que si es como parece ser, será susceptible a los cumplidos sutiles; pero no se fíe del todo, es probable que alguno que sea idiota, y aunque no sea sádico ni neurótico, tampoco cambie nunca.

Todo puede pasar. Ya sabe “en una jerarquía todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta que se corta” puesto que como diría Peter: todo el mundo llega a su nivel de incompetencia y una vez allí -añadiría yo- se siente uno muy cómodo y se suele preguntar «¿Dónde voy a ir yo que más valga?». Quizá por ello yo repita con frecuencia que “las jerarquías son como las estanterías, cuanto más altas están, para menos sirven.”

José Manuel Casado
Presidente de 2.C Consulting
Para ORH, 2015